Antes de irme, me dijo: “Quien no ha aprendido a vivir mirando al vacío, no aprenderá a sostenerse en su existencia. Volví mi rostro hacia él y le dije: ¿Qué significado tiene este pensamiento? Se incorporó y me respondió: Cuando volvamos a vernos, te mostraré cuál es el valor de nuestra existencia. ¿¡Nuestra existencia!? Pregunté sorprendido. Permanecí sentado. Sí, afirmó, y agregó: La verdadera existencia es aquella que se encuentra oculta en la conciencia. Despertar nuestra conciencia es nuestra obligación para no vivir sumergidos en temores e ignorancia; en el vacío y confusión; éstos sólo nos llevan a la perdición del alma. Me quedé mirándolo, luego me puse de pie apoyándome en los brazos del sillón... Y no dije nada. Extendí la mano derecha y le di un fuerte apretón entre manos. Me acompañó hasta la puerta y nos despedimos. Luego de unas horas, la inquietud envolvió mi alma. Lo llamé por teléfono. Concertamos una nueva cita. Atrapado por los continuos golpes emocionales y pensamientos difusos que me rodeaban cual, si fueran hambrientos cocodrilos voraces, me sostuve en mantener la calma y busqué un espacio para cavilar y así encontrar la solución a las innumerables interrogantes que surgían como chispazos de bengala en mi mente. Un lugar donde pudiera alejarme de los acechos anímicos y concentrarme.
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