En 1751, un profesor de latín de la Escuela Militar de París decidió llenar el único hueco que quedaba y publicó, sin firma, un tratado sobre los pedos.
No lo escribió como una procacidad. Lo escribió en serio: con exordio, autoridades griegas, citas de Horacio y de Marcial, divisiones escolásticas y un preámbulo en el que reprende a Cicerón por no haber definido bien sus términos. La broma no está en el asunto, sino en el desajuste entre el asunto y el aparato.
Y funciona durante dos capítulos. Hasta que aparece una mujer.
Llevaba doce años enferma. Había recorrido a los médicos, agotado la farmacopea y gastado su fortuna y su paciencia. Sanó el día en que alguien le explicó que podía peerse. Doce años de dolor por no cometer una descortesía de tres segundos.
Ahí el libro deja de tener gracia y empieza a tener razón. Bajo la chanza hay una tesis ilustrada y perfectamente seria: que el prejuicio enferma, y que existe una relación directa y medible entre aquello que nos avergüenza y aquello que nos duele. Sus contemporáneos aplicaban ese argumento a la tolerancia religiosa y a la libertad de imprenta. Hurtaut lo aplicó al asunto más ridículo que encontró, y por eso lo demostró mejor que ninguno de ellos.
Sobre esta ediciónNo es una traducción literal, sino una adaptación libre del original francés. Respeta su estructura en dos partes, sus ejemplos, sus autoridades y su tono de tratado; y desarrolla sus razonamientos hasta el presente, allí donde el siglo XVIII solo podía apuntarlos.
Porque hemos sellado las oficinas, suprimido las ventanas y multiplicado los recintos sin ventilación; y con todo ese progreso hemos conseguido volver difícil lo que cualquier labrador del siglo XVIII resolvía saliendo al corral.
Un libro para reírse en voz alta y quedarse pensando después. Y para preguntarse cuántos de esos doce pedos lleva uno dentro sin soltar: la conversación que no ha tenido, la pregunta que no hizo por no parecer el único que no se enteraba, la disculpa que lleva ocho años redactando mentalmente.
Ludere non laedere. Jugar, no herir.
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